Jonathan's profileHIJOS DE LA MADRE MUERTAPhotosBlogListsMore Tools Help

Por la mañana despertó sobre un suelo de piedra, pero en su interior tenía la certeza de que a partir de entonces serviría al Rey de los Cielos y viviría o moriría por ello.

Al sur de allí, en Benn Etair, al mismo tiempo que Liadain rezaba, Curithir abrió los ojos y vio dos manos. Al observarlas moverse, supo que eran las suyas. Oyó el crujido de una rueda de madera y pudo alzar la mirada lo suficiente como para ver que un enano apilaba en un carro los fragmentos de armas. Curithir emitió un gemido y todo volvió a quedar oscuro en su mente. El enano era Lomna Druth. Se aproximó a Curithir, vio que estaba vivo y se apiadó de su sufrimiento. Hizo que su jaco doblase las patas delanteras en el barro seco y endurecido y empleó todas sus fuerzas para subir a Curithir al carro y llevarlo a su casa de las montañas de Partry. Lomna cuidó las heridas de Curithir e imploró al cielo que ayudase al guerrero. Colocó su rechoncho dedo índice sobre los labios de Curithir formando una gruz y recitó los salmos que se sabía de memoria.
Al cabo de muchos días, Curithir fue recuperando fuerzas y, cuando pudo por fin sostenerse de pie, regresó de inmediato al campo de batalla en busca de Aelai. Lo tomó en brazos y lo llevó con suavidad hasta un precipidio sobre el mar. Con la ayuda de Lomna, cavó una tumba y, acunando a Aelai en sus brazos, depositó su cadáber en la fría tierra. Curithir colocó un menhir encima, junto a dos azaleas blancas que temblaban en el aire como pequeñas monjas.

Curithir hizo noche allí. Al día siguiente, Lomna se acercó a Curithir a la hora del crepúsculo, como seguiría haciendo muchos días, para preguntarle: "¿Estás preparado para hablar?" Curithir meneaba la cabeza y Lomna se marchaba. Curithir pasó muchos días negándose a hablar.
A veces Curithir observaba en el cielo que se divisaba entre las colinas un camino que conducía a otro mundo situado más allá del horizonte. Una tarde en que se encontraba mirando en esa dirección. sobre el pálido cielo se dibujó brevemente una figura en un risco situado entre dos montes. Al acercarse la figura, Curithir pudo ver que era un anciano de más de dos metros de altura, aunque encorvado por la edad. Vestía de lino y llevaba una capucha pintada con caracolas y peces de mar, tan vieja y ajada como él. No llecaba más pertenencias que un bastón, desgastado y alisado en su parte central.
El anciano se acercó a Curithir y le dijo: "Dios te acompañe, quienquiera que seas". Curithir, sin embargo, no dijo nada. "Soy Cummin el Alto, deoradh (peregrino) de los Céile Dé. He estado en el este. ¡Ay, lo que han visto mis ojos! ¡Mira!" Le mostró una piedra pequeña y sin nada de particular. "Es del Gólgota, de debajo de la cruz de Jesús". Curithir siguió sin decir nada. "¿Qué te aqueja? ¿Por qué contemplas esta tumba?", preguntó el deoradh.
"Mi hermano está ahí".
"Y seguirá estando algún tiempo".
Curithir alzó la mirada, enfadado. "Pronto vengaré la muerte de mi hermano, sólo que ahora estoy de luto, como se ve. He perdido a un ser muy amado".
Cummin le preguntó: "¿Qué conoces del amor?"
"Conozco un amor más grande que todo el amor del mundo".
"El Reino de los Cielos es amor
-dijo el viajero- Que los muertos entierren a los muertos. Hay que acordarse de vivir".
Curithir se sentó derecho de repente. Esas habían sido las últimas palabras que Liadain le había dicho y lo habían despertado. Se pusieron a charlar. El monje se inclinó para colocar una mano sobre Curithir y su túnica se abrió por el cuello dejando ver una cinta de cuero de la que pendía un ancla de bronce incrustada de brillantes esmeraldas y rubíes.
Curithir se inclinó y colocó su mano tras el ancla para observarla. "Yo he visto esto en sueños -dijo-. "¿Qué significa?" Tras una pausa, añadió: "¿Que debo seguir a Dios, como tú?"
"Que hayas visto esta ancla en sueños no significa que debas seguir a Dios sino que Dios te sigue".
"Quizá sea así
-dijo Curithir-, pero he de vengar la muerte de mi hermano".
Andando el tiempo, Cummin el Alto prosiguió su camino. Tres días más tarde Curithir partió en dirección a Temair, animado por el deseo de encontrar entre su gente al asesino de Aelai y de buscar a Liadain.

 

Curithir se dirigió al noroeste llevando su capa en una bolsa a la espalda y llegó a la fuente del patio de Temair. La gente se congregó a su alrededor, gozosa de verlo llegar con vida. Curithir gritó a la gente: "¿Dónde está esa mujer llamada Liadain?" Todos guardaron silencio, pero una persona que estaba al lado de Curithir le susurró: "No está... Hay quien dice que ha muerto".
Atraído por el bullicio, Rinnich salió de repente al patio, se acercó directamente a Curithir y se colocó ante él. Ambos clavaron sus espadas en el suelo junto a su costado en señal de saludo. Antes de que pudieran hablar, el sol iluminó la empuñadura de la espada de Rinnich. Había en ella una hilera de cinco gemas purpúreas y un pequeño hueco vacío destinado a albergar otra gema. Con manos trémulas, Curithir extrajo de un bolsillo mal cosido de su camisa de piel de ciervo la amatista que traía desde el campo de batalla y la hizo encajar perfectamente en el sexto punto de engarce.
Curithir fijó su mirada en el rey y montó en cólera. En los ojos de Rinnich se percibía el miedo. Con la avidez que se adueña de los hombres de armas, Curithir movió su espada a izquierda y derecha sobre el cuello de Rinnich, donde tropezó con un objeto duro. La túnica de Rinnich se abrió y bajo su ropa apareció el torque de oro. Antes de que Rinnich pudiera darse la vuelta y huir, Curithir lo atravesó con su espada. Después la extrajo y el cadaver cayó al suelo. Curithir cogió el torque y luchó hasta deshacerse de tres agraviados guerreros que tuvieron el valor de intentar defender al traicionero rey.

Durante un año entero Curithir recorrió Irlanda en busca de Liadain. Tanto se acordaba de ella que se sentía siempre triste y no podía dormir. Caminó muchos kilómetros y conoció a muchos reyes, pero ninguno de ellos sabía nada de Liadain. Caminó por toda la costa y conoció a muchos marineros, pero nadie sabía nada de Liadain. Un día, en un patatal, encontró a un agricultor agachado junto a una pequeña hoguera. Curithir le contó su historia y el agricultor le contestó: "Hace tan sólo cuatro noches oí esos cantos que describes. Provenían de la isla de Clonfert".
Curithir montó a Iala y cabalgó apresuradamente hacia la isla. Cruzó el agua en una barquilla de cuero y encontró a Liadain asomada al mar y vestida con una capa oscura y desgarbada. Al ver a Curithir, sus mejillas se cubrieron de lágrimas que caían a la tierra negra. Le dio la bienvenida con un beso inocente. Sentían alegría.
"Te creía muerto. ¿Cómo has llegado hasta aquí?", preguntó liadain.
Curithir se limitó a susurrar: "Te he encontrado". Alzando el tono de voz, y con mucho orgullo, añadió: "¡Por fín te he encontrado!"
Tenía la capa rota debido a las zarzas y espipnos que se le habían clavado en los brazos y las piernas. Liadain tomó flores, hierba fresca y una planta llamada sunkind, las ató con tiras de lino de su bata y le vendó las heridas.
"Ahora podemos irnos y estar juntos", dijo Curithir.
Pero el sol escondió su rostro y la tierra se oscureció. Sopló el viento del oeste y dos fieros halcoes surcaron el cielo. Curithir abrazó a Liadain y después se echó hacia atrás para mirarla a los ojos.
"No -le dijo ella en voz baja-. Ha pasado demasiado tiempo. Antes... sí, pero ahora soy de Dios, aquí y sólo aquí". Lo dijo porque poseía gran fuerza. La luz que iluminaba a Curithir desde el principio se apagó entonces.

Por la mañana Curithir salió afuera y vio a Liadain ante una piedra de oración. Vio sus brazos extendidos como la neblina azul mientras velaba la cruz y percibió en ella un fulgor luminoso que no le venía de arriba sino de su propio interior. Vio también una hoja que le había caído sobre los hombros, en el comienzo del cuello. La contempló durante largo rato y entonces, sin mediar sonido alguno, se acercó hasta colocársele delante, de forma que ella pudiera verlo. Aunque Liadain miraba hacia adelante, no lo veía, pues tenía fija la mirada en el cielo que había sobre él. Curithir se marchó apesadumbrado.
Regresó al monasterio para recoger su espada y después bajó por un sendero hasta la costa. Allí encontró otra barquilla de cuero en la cual cruzó el mar remando con furia. Cuando Liadain se dio cuenta de su marcha, subió a lo más alto de la isla y allí percibió la permanencia de su elección. Apoyándose en la rama de un árbol y forzando la mirada en dirección al norte, Liadain sollozó por su amado. Cantó entonces estas palabras, que conmovieron su fe:

Tan alto y lejano como la luna y las estrellas
tan frío como el aire de montaña
¿por qué arrebatarme este amor que siento
y dejarme en la desesperación?
Mi corazón está seco como la arena y el polvo
y hueco como un árbol muerto,
más vacío que las tumbas de piedra.
¿Acaso es la fe tan sólo vanidad?
¿Quién consiente este dolor mío
sino nuesto Dios de las alturas?
Nunca podré unir
el cielo, el destino y el amor.

Más tarde Liadain encontró en su celda una nota escrita sobre un pergamino húmedo. En ella decía:

Liadain de mi corazón: no sufras cuando me haya ido. Mi infortunio crece a diario pero hasta en la tumba hay que evitar la tristeza.

Curithir flotó sobre el mar en silencio por espacio de tres días. Puso rumbo norte en dirección a Escocia, bordeando las costas occidentales hasta la isla sagrada de Iona. Allí, bajo un sol silencioso, oyó aquel sonido que conocía desde niño, el cántico de los monjes. El sonido se difundió sobre el mar tranquilo y volvió a ascender y descender como olas sobre una costa de guijarros.

Ave cuius nativitas
Nostra fuit benignitas
Ut lucifer lux oriens
Vernum solen praeveniens

Que significa: "Saluda este nacimiento que ha sido nuestra bondad como el lucero del alba y la luz de oriente que aparece ante el verdadero sol". Los monjes cantaban como lo habían hecho durante toda la vida de Curithir, quien se acercó a la costa para oír mejor.
Al hacerlo, alzó la mano para quitarse del cuello el torque de oro. Lo introdujo en el agua y lo soltó. Vio cómo se hundía, girando arremolinado hasta perderse como los días de su vida. Cuando ya no pudo ver el torque de Cu Chullain, saltó por la borda y nadó con sus fuertes brazos hasta la isla de Iona. Allí ingresó en la Sagrada Orden porque, al perder a Liadain, había perdido también el deseo de vengar la muerte de su padre e incluso las ganas de vivir.
Aunque no existe ningún lugar que pueda considerarse totalmente vacío, sentía que su corazón casi lo estaba y sabía que aunque consiguiera encontrar las piezas de su amor, ya no podrían unirse nunca más.

 Una noche, muchos años después, cuando ya estaba encorvado por la edad, aplastó bajo una piedra la gema purpúrea de la espada del rey Rinnich, que se dividió en mil facetas más pequeñas, como los gragmentos de su corazón, cuyas múltiples partes seguían queriendo y adorando aunque, después de alguien tan único como Liadain, no pudieran ya buscar amor terreno.
Con frecuencia se paraba sobre las piedras rojas y redondas de Iona, junto al mar de espejo, contemplando a lo lejos Irlanda y pensando: "No he conocido otro amor terrenal que el que sentí por Liadain. Ningún amor supera al que me inspiró Liadain. Liadain fue mi gozo terreno. Dejémoslo así."

May 24

comentario

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TEMPLARIOS (HISTORIA)

 

Apenas creado el reino de Jerusalén y elegido Balduino I como su primer Rey, algunos de los caballeros que participaron en la Cruzada decidieron quedarse a defender los Santos Lugares, y a los peregrinos cristianos que iban a ellos. Esta fue, en principio, la misión confesada de los nueve caballeros fundadores, añadida (claro está) a la de la defensa de esos Santos Lugares.

Naturalmente, ello debió ser muy del agrado de Balduino, necesitado como estaba de organizar un reino y que no podía dedicar muchos esfuerzos en la protección de los caminos, porque no los tenía. Esto, más el añadido de que Hugo de Payens era pariente del Conde de Champaña ( y probablemente pariente lejano del mismo Balduino) llevó al rey a conceder a esos caballeros un lugar donde reposar y mantener sus equipos, otorgándoles un espacio que lindaba con el derruido Templo de Salomón.

Además de ello, se ocupó de escribir cartas a los Reyes y Príncipes más importantes de Europa a fin de que prestaran su ayuda a la recién nacida orden.

Con la ayuda del abad San Bernardo de Claraval, que era también era pariente de Hugo y del conde de Champaña, una representación de los caballeros de la Orden hizo una tourneé por las Cortes de Europa, recibiendo ayuda y apoyo, a lo que contribuyó decisivamente Bernardo, persona de notable influencia en la corte papal, con su escrito De laude novae militiae. Fue convocado un Concilio en Troyes (Francia), durante el cuál se redactó la regla de la Orden, basada en la de San Benito, segun la versión reformada pocos años antes por los cistercienses, de los que adoptaron el hábito blanco, al que le añadieron una cruz roja; en 1128 la Orden obtuvo del papa Honorio II la aprobación pontificia.

Los privilegios de la Orden fueron confirmados por las bulas Omne Datum Optimum (1139), Milites Templi (1144) y Militia Dei (1145). En ellas, de manera resumida, se daba los Caballeros del Temple una autonomía formal y real respecto a los Obispos, dejándolos sujetos tan solo a la autoridad papal; se les excluía de la jurisdicción civil y eclesiástica; se les permitía tener sus propios capellanes y sacerdotes, pertenecientes a la Orden; se les permitía recaudar bienes y dinero de variadas formas ( por ejemplo, tenían derecho de óbolo - esto es, las limosnas- que se entregaban en todas las Iglesias, una vez al año). Además, éstas bulas papales, les daban derechos sobre las conquistas en Tierra Santa, y les concedían el derecho de construir fortalezas e iglesias propias, lo que les dio gran independencia y poder.

Durante su estancia inicial en Jerusalén se dedicaron únicamente a escoltar a los peregrinos que acudían a los santos lugares, ya que su escaso número (9) no permitía que realizaran actuaciones de mayor magnitud. Hay que tener en cuenta, de todas maneras, que sabemos que eran nueve caballeros, pero, siguiendo las constumbres de la época, no sabemos cuantas personas componían en verdad la Orden en principio, ya que los caballeros tenían todos ellos un séquito, menor o mayor. Se ha venido en considerar que por cada caballero, habría que contar tres o cuatro personas, por lo que estaríamos hablando de unas 30-50 personas, entre caballeros, peones, escuderos, servidores, etc.

Sin embargo, su número aumentó de manera significativa al ser aprobada su regla y ése fue el inicio de la gran expansión de los "pauvres chevaliers du temple". Hacia 1170, unos 50 años despúes de su fundación, los Caballeros de la Orden del Temple se extendían ya por tierras de lo que hoy es Francia, Alemania, el Reino Unido, España y Portugal.

Cincuenta años más tarde, hacia 1220, eran la Organización más grande de Occidente, en todos los sentidos (desde el militar hasta el económico), con más de 9000 encomiendas repartidas por todo Europa, unos 30.000 caballeros y sargentos (más los siervos, escuderos, artesanos, campesinos, etc.), más de 50 castillos y fortalezas en Europa y Oriente Próximo, una Flota propia (pues les salía más barato tener sus propios barcos que alquilarlos), anclada en puertos propios en el Mediterráneo y en La Rochelle (en la costa atlántica de Francia) y un Tesoro que les permitía hacer prestámos fabulosos a los Reyes europeos.

Insignia de la Orden: Dos caballeros montados en el mismo caballo

Aparte del conocido poderío militar, con el paso del tiempo se convirtieron, a través de donaciones, en uno de los mayores terratenientes de Europa. Hay que nombrar, por ejemplo, como el rey aragonés Alfonso I el batallador dejó su reino a las órdenes militares, que renunciaron a este a cambio de numerosas ventajas. Además, con el fin de salvaguardar los ahorros de los peregrinos, desarrollaron un sistema bancario basado en garantías (similares a los cheques de viaje actuales), que se podían intercambiar por la cantidad indicada en cualquier posesión templaria y alejaban el peligro de llevar grandes cantidades de dinero en efectivo. Este sistema bancario, y sus abundantes riquezas convirtieron a la orden en una gran prestamista, que aportaba los fondos cuando los diversos reyes europeos necesitaban dinero. Los templarios llegarían a ser una de las instituciones más ricas de su época, contando con vastas tierras y señoríos, numerosas ventajas comerciales, grandes tesoros, flotas comerciales que partían desde Marsella...

Aparición y desarrollo en la Corona de Aragón

La orden comienza su implantación en la zona oriental de la península ibérica en la década de 1130. En 1131, el conde de Barcelona Ramón Berenguer III pide su entrada en la orden, y en 1134, el testamento de Alfonso I de Aragón les cede su reino a los templarios, junto a otras órdenes como los hospitalarios o la del Santo Sepulcro. Este testamento sería revocado, y los nobles aragoneses, disconformes, entregaron la corona a Ramiro II, aunque hicieron numerosas concesiones, tanto de tierras como de derechos comerciales a las órdenes para que renunciaran. Este rey, buscaría la unión con Barcelona de la que nacería la Corona de Aragón.

Esta corona pronto llegaría a un acuerdo con los templarios, para que colaboraran en la Reconquista, favoreciéndoles con nuevas donaciones de tierras, así como con derechos sobre las conquistas (un quinto de las tierras conquistadas, el diezmo eclesiástico, parte de las parias cobradas a los reinos taifas). También, según estas condiciones, cualquier paz o tregua tendría que ser consentida por los templarios, y no sólo por el rey.

Como en toda Europa, numerosas donaciones de padres que no podían dar un título nobiliario más que al hijo mayor, y buscaban cargos eclesiásticos, militares, cortesanos o en órdenes religiosas, enriquecieron a la orden.

En 1148, por su colaboración en la conquistas del sur de Cataluña, los templarios recibieron tierras en Tortosa (de la que tras comprar las partes del rey y los genoveses quedaron como señores) y de Lérida (donde se quedaron en Gardeny y Corbins). Tras una resistencia que se prolongaría hasta 1153, cayeron las últimas plazas de la región, recibiendo los templarios Miravet, en una importante situación en el Ebro.

Tras la derrota de Muret, que supuso la pérdida del imperio transpirinaico aragonés, los templarios se convirtieron en custodios del heredero a la corona en el castillo de Monzón. Este, Jaime I el Conquistador, contaría con apoyo templario en sus campañas en Mallorca (donde recibirían un tercio de la ciudad, así como otras concesiones en ella), y en Valencia (donde de nuevo recibieron un tercio de la ciudad).

Los templarios se mantuvieron fieles al rey Pedro el Ceremonioso, manteniéndose de su lado durante la excomunión que sufrió a raíz de su lucha contra Francia en Italia.

Los templarios en Castilla

Los templarios ayudaron a la repoblación de zonas reconquistadas, creando asentamientos en los que edificaban ermitas bajo la advocación de mártires cristianos, como es el caso de Hervás, población del Señorío de Béjar.

Ante la invasión almohade, los templarios lucharon en el ejército cristiano, venciendo junto a los reinos de Castilla, Navarra y Aragón en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212).

En 1265, colaboraron en la reconquista de Murcia, que se había levantado en armas, recibiendo en recompensa Jerez de los Caballeros y el castillo de Murcia.

En Portugal

Los templarios entran en Portugal en tiempos de la condesa Teresa de Portugal, de la que reciben Fonte Arcada, en 1127. Un año después reciben Castelo de Soure a cambio de su colaboración en la Reconquista. En 1145 recibirán Castelo de Longroiva por su ayuda a Alfonso Henriques en la toma de Santarém. En 1160 recibirán Tomar, que se convertiría en su sede regional.

 

HIJOS DE LA MADRE MUERTA

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Jonathan Alva Sánchez

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May 09

MITOLOGIA MAYA

La mejor fuente de conocimiento de la Mitología Maya es el Popol Vuh, biblia de los mayas quiché. Asimismo los libros del Chilam Balan, aportan datos sobre la vida maya del siglo XVI.

El dios maya más importante Itzamná, dios creador, señor del fuego y del corazón. Representa la muerte y el renacimiento de la vida en la naturaleza. Itzamná se vincula con el dios Sol, Kinich Ahau, y con la diosa Luna, Ixchel, representada como una vieja mujer endemoniada. Cuatro genios o divinidades, los Bacabs, por otra parte, aparecen como sostenedores del cielo, identificados con los cuatro puntos cardinales que, a su vez, se asocian con colores simbólicos (Este: rojo; Norte: blanco; Oeste: negro; Sur: amarillo), un árbol (la ceiba sagrada) y un ave. Según otra versión, los pueblos mayas serían hijos de Hunab Ku, ser supremo y todopoderoso.

Chac, que se destacaba por su larga nariz, es el dios de la lluvia y suele aparecer multiplicado en chacs, divinidades que producen la lluvia vaciando sus calabazas y arrojando hachas de piedra. Las uo (ranas) son sus acompañantes y actúan como anunciadoras de la lluvia.

El dios del maíz, Ah Mun, es también una deidad importante, que se mantiene en constante pelea con el dios de la muerte, Ah Puch, señor del noveno infierno. Ah Puch gobierna el noveno y último mundo subterráneo, el Mictlán, un nauseabundo lugar habitado por espantosos demonios. Simboliza el mal que lucha con el del bien y se le representa como un cuerpo putrefacto con una cabeza casi calavérica adornada con campanas y collares de huesos y plumas. De vez en cuando sube por la noche a la tierra en busca de presas y ronda las casas de los enfermos pero, aunque el ruido de las campanas le delata, no se le puede evitar. La única manera que tienen los humanos de confundirlo es gritar y llorar de una manera sobrecogedora para hacerle creer que no se encuentra en la tierra sino en el Mictlán y que pase de largo.

Otras divinidades asociadas con las tinieblas y la muerte son Ek Chuah, dios negro de la guerra, de los mercaderes y de las plantaciones de cacao. Sobresale también Ixtab, diosa de los suicidios.

 

La similitud y los contactos entre la cultura maya y la azteca explican la aparición entre los mayas de la serpiente emplumada (Quetzalcóatl), que recibe el nombre de Kukulcán en Yucatán y de Gucumatz en las tierras altas de Guatemala.

En sus mitos del origen destacan las figuras de los progenitores Gucumatz y Hurakán , y también Ixpiyacoc e Ixmucané, abuelos del Alba. Según la mitología maya al principio todo eran tinieblas y nada existía, pero de la palabra surgiría el Universo.

 

La creación del ser humano pasó por varias pruebas hasta llegar a su estado definitivo. En el primer intento, la materia empleada fue el barro, “pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía”, no podía andar ni multiplicarse, “al principio hablaba, pero no tenía entendimiento”. En la segunda prueba, los progenitores decidieron hacer muñecos de madera, que “se parecían al hombre, hablaban como el hombre”, pero, aunque se multiplicaron, no tenían alma, entendimiento ni memoria de su creador, “caminaban sin rumbo y andaban a gatas”.

Fueron destruidos y sobrevino un gran diluvio. El intento definitivo de creación concluyó con los hombres de maíz, que fueron cuatro: Balam-Quitzé (Tigre sol o Tigre fuego), Balam-Acab (Tigre tierra), Mahucutah (Tigre luna) e Iqui-Balam (Tigre viento o aire). Éstos estaban dotados de inteligencia y buena vista, de la facultad de hablar, andar y agarrar las cosas. Eran además buenos y hermosos. El desarrollo de los seres humanos se identifica entre los mayas con el principal cultivo y fuente de sustento, el maíz: “de maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados”.

También los mayas creían que había trece cielos dispuestos en capas sobre la tierra y que eran regidos por sendos dioses llamados Oxlahuntiku. La tierra se apoyaba en la cola de un enorme cocodrilo o de un reptil monstruoso que flotaba en el océano. Existían nueve mundos subterráneos, también dispuestos en capas, y regidos por sendos dioses, los Bolontiku, que gobernaban en interminable sucesión sobre un ciclo o semana de nueve noches. El tiempo era considerado una serie de ciclos sin principio ni fin, interrumpidos por cataclismos o catástrofes que significaban el retorno al caos primordial. Pero nunca se acabaría el mundo porque creían en la palingenesia, la regeneración cíclica del universo.

Los libros del Chilam Balam exponen predicciones acerca de esos ciclos de destrucción y renacimiento, así como sobre la llegada de los dzules, los extranjeros. Hasta ese momento estaba medido “el tiempo de la bondad del sol, de la celosía que forman las estrellas, desde donde los dioses nos contemplan”, pero llegaron los dzules y lo deshicieron todo. “Enseñaron el temor, marchitaron las flores, chuparon hasta matar la flor de los otros porque viviese la suya”: habían venido “a castrar al Sol”.

Según los mayas lacandones, cuando se acabe el mundo los dioses decapitarán a todos los solteros, los colgarán por los talones y juntarán su sangre en vasijas para pintar su casa. Después reconstruirán la ciudad de Yaxchilán, donde se habrán refugiado los lacandones. Según otra versión, los jaguares de Cizín, dios del inframundo, se comerán al Sol y la Luna.

En cuanto a los muertos, existen tres moradas para el alma: el inframundo, un paraíso que se encuentra situado en uno de los cielos y una morada celestial. La primera, llamada Mitlán, Metnal o Xibalbá (así se la nombra en el Popol Vuh), está en el quinto de los nueve submundos, el más profundo. Llegar hasta allí es peligroso: el muerto necesita un par de zapatos nuevos, debe pasar tres puertas y cruzar un lago con ayuda de perros. La segunda, el paraíso, es un lugar ameno donde corre leche y miel y equivale a la morada de los dioses de la lluvia o tlálocs mexicas. En el paraíso hay además un espacio para los niños, a quienes se coloca en un gran árbol lleno de pechos de mujer que los siguen alimentando.

Según algunas interpretaciones, también los suicidas acaban en la segunda morada. La tercera morada está en el cielo séptimo, el más alto, donde van los que han pasado una temporada en el inframundo, los muertos en la guerra y las mujeres que murieron en el parto. Uno de los dioses de la muerte más importantes es Cizín, también relacionado con los temblores de tierra y con el color amarillo, símbolo de la muerte. No es casual su vínculo con el dios Jaguar, a quien se considera señor de la noche estrellada, aunque en realidad reina al mismo tiempo en el cielo, en la tierra y en el mundo subterráneo de las sombras. Bajo distintos nombres (onza, ocelote, yaguareté) aparece en distintas mitologías de África y América, como en la tupí-guaraní, en una de cuyas leyendas se cuenta que “Jaguar reventó el vientre de Sol, lo comió, le royó los huesos” o, según otra versión, que tiene una piel de color azul celeste y está esperando la orden divina para devorar a la humanidad.  

El Mictlán o Mitlán es el lugar de los muertos en las culturas toltecas, mayas y aztecas. En las mitologías azteca y maya, el Mictlán o Mitlán es el inframundo en un sentido general, pero también la estancia o el lugar más profundo, regido por Mictlantecuhtli (aztecas) o Ah Puch (mayas), donde van los espíritus de las gentes que mueren de muerte natural. Este lugar es tenebroso por estar habitado por espantosos demonios (Mitlán) o silencioso y presidido por la oscuridad (Mictlán). El reino del Mictlán está formado por nueve llanuras y nueve ríos entre los cuales hay grandes obstáculos, como piedras que caen y se golpean entre sí produciendo un gran estrépito, animales feroces o vientos que cortan como navajas. Contra todos estos elementos tenían que luchar los espíritus de los muertos. Para aplacar los ánimos de estos enfurecidos elementos, cuando alguien moría se mataba un perro y se le enterraba con su amo, ya que el espíritu del animal conduciría sin percance a su dueño por el terrible viaje hacia el Mictlán definitivo. Cuatro años tardaban las almas en cruzar estos parajes antes de llegar a la región de las sombras, donde se perdían para siempre.
 


 

September 14

mitologia celta

En el norte de Irlanda, hace mucho tiempo, hubo un muchacho que vivía en una aldea de la ondulada tierra silvestre próxima al mar. Su nombre era Curithir y vivía con su padre, que se llamaba Duborchu, y con su hermano menor Aelai. En el centro de la aldea se perfilaba sobre el cielo un monasterio de piedra desgastada por el mar y diseminadas a su alrededor se aferraban al suelo muchas pequeñas casas que acusaban el paso de los años.
Una noche asomó reluciente la luna de entre las altas y delgadas nubes. Tocaron las campanas de la torre. Con la llegada del claro de luna, las hermosas voces de los monjes que lo habitaban se alzaron desde el monasterio como el humo de una chimenea entonando conceptos divinos: Ave María, gratia plena, Dominus tecum, Virgo serena; que significa "Salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo, Vírgen serena".
En la costa, las olas seguían desplomándose sobre la playa, filtrándose en la arena y barriendo las piedras al regresar al mar.

En aquella aldea se respiraba una gran paz. Las voces que ascendían y el romper de las olas eran sonidos que Curithir había escuchado todas las noches de su vida tendido en su lecho de paja. Aquella noche nada se movía en el pueblo a excepción de un curioso perro alto y delgado, de color marrón y con dos patas blancas, que iba trotando por un camino muy hollado que bordeaba el océano. De repente se detuvo, adelantando las orejas y dirigiendo su aguda mirada hacia el mar. A lo lejos había tres extraños barcos anclados con gruesas sogas bajo el claro de luna y entre sus mástiles brillaban intermitentemente las estrellas.
El perro ladró a los numerosos guerreros vikingos que se encaramaban a esquifes de madera y remaban hacia la costa. Tras reunirse para formar un grupo, los vikingos treparon las angulosas rocas y caminaron hacia la aldea dormida, aferrando con firmeza sus pesadas armas para que no delatasen su presencia al entrechocar unas con otras.

Se lanzaron sobre la aldea como una manada de toros furiosos. Las carreras, los gritos y el choque de los aceros despertaron a Curithir en el preciso instante en que su padre llegaba apresurado del exterior. "¡Huye ahora mismo a esconderte en el bosque!", le gritó mientras tomaba de la pared una espada y salía de nuevo. Curithir se levantó enseguida y fue a despertar a su hermano Aelai, que dormía en el rincón opuesto. Al hacerlo, un grito angustioso surcó el aire. Curithir miró a su alrededor y vio a su padre arrastrándose hacia adentro valiéndose tan sólo de los brazos y dejando tras de sí un largo reguero de sangre.
"Acércate -le dijo Duborchu con el aliento teñido de sangre-. No temas a la muerte ni a los vikingos. Escucha". Tomó en sus manos una caja de madera y de ella extrajo un pesado collar de oro. Era un torque de los que usaban los guerreros en las batallas, un objeto asombrosamente macizo, de tres dedos de grosor, con engarces de gemas de colores y complejas incrustaciones de plata.
"Este torque viene de muy antiguo -dijo Duborchu- y los reyes lo buscan desde hace siglos. Como ya te habré contado muchas veces, eres descendiente de Cu Chullain, el guerrero más importante de Irlanda, que consiguió hacerse con la victoria él solo en la guerra del Tain. Este torque le perteneció, debes protegerlo y proteger a tu hermano". Tras una pausa, y gracias a la gran fuerza que tenía, añadió: "Ahora vete y deja mi alma al cuidado de Dios".

Por la mañana seguían ardiendo muchos guegos entre las humeantes ruinas. Los vikingos zarparon y se perdieron de vista en el horizonte septentrional llevándose veinte monjes como esclavos. Habían destruido el monasterio y habían arrojado al mar las sagradas escrituras y los evangelios que los monjes custodiaban.
Dos días después, Duborchu fue enterrado en una estrecha tumba en un lugar en el que riñen las chovas de negro plumaje entre las altas hierbas amarillas. Aunque permaneció de día y de noche junto a la tumba, Curithir no lloró.

Duborchu había criado él solo a Curithir y a Aelai, dándoles a conocer las hazañas del antiguo guerrero. Les había contado la hazaña de la jabalina y la cuerda, la del trueno, la del filo de la espada y otras muchas. Aunque a ambos les enseñó a ser valientes, era Curithir quien poseía dotes extraordinarias y lo aprendía todo con facilidad. Curithir llevaba la vida muy a flor de piel y hasta los animales salvajes percibían que su espíritu poseía una luz oculta que, al tornarse llama mediante un soplo, podría oscurecer las estrellas.

Tras guardar treinta días de luto, Curithir y Aelai partieron hacia los acantilados de Eorgh montando a Iala, la yegua negra. Gráciles y delgados como dos medialunas, ambos cabalgaban sobre el mismo animal. Curithir retorció con una mano las crines de Iala, gritó "¡arre!" y la yegua galopó entre la hierba cimbreada por el viento. Cabalgaron ascendiendo en dirección este por encima de su aldea mientras el sol, asomado entre nubes moteadas, proyectaba en el cielo una corona de luz escarlata.
Los campos en barbecho se iluminaron adoptando el color de una corona envejecida y ellos avanzaron cada vez más deprisa por los montes mientras la luz del sol proyectaba en ángulo bajo su enorme sombra presurosa sobre las colinas y cerros de Irlanda.

"¡Mira!" -exclamó Aelai en cuanto llegaron al acantilado. Curithir pudo entonces divisar al otro lado del mar la silueta azulgrisácea de Escocia. "¡Fíjate bien!". Ambos contemplaron los ondulados montes que descendían hacia el sur cubiertos de un suave manto de hierba. Los hermanos se colocaron al borde del precipicio y, cuando el sol se ocultó tras la marcada línea del horizonte, saltaron los dos a la vez, cayendo al agua rugiente.

Cierto es que el sol poniente nos hace pensar en la inmortalidad. Quizá Dios crease la naturaleza de tal modo que, al término de cada día, el sol represente una muerte simbólica. Quizá Dios colocase el sol en el cielo para recordarnos nuestra vida de mortales y para que quienes tienen ojos vean. Desde la muerte de Duborchu, Curithir sentía un deseo intenso y doloroso, pero siempre que escudriñaba su mente para buscarle propósito, se desvanecía. Vadeó por las gélidas aguas hasta una playa semicircular de arenas blancas y le habló en silencio a Dios.
"Yo no sé nada -dijo su corazón-, pero muéstrame cómo vengar la muerte de mi padre antes de que los vikingos maten a más personas de mi pueblo".

Los jóvenes acamparon para hacer noche y por la mañana les despertó el ruido de cascos y el entrechocar de escudos. Curithir se levantó y vio que cabalgaban hacia él tres hombres con yelmos de forma cónica. Los guerreros llevaban espadas refulgentes y vestían de azul y amarillo con bordados de plata. Curithir sintió temor y tiró de su camisola de lino intentando ocultar sus pies descalzos.
El primer guerrero desmontó e hizo su acostumbrado saludo de paz clavando la espada en el suelo junto a su costado. Curithir hizo otro tanto, aunque su espada no era más que un juguete de la infancia y la hoja se rompió al chocar con el suelo. "Decidme, en nombre de Dios, ¿cómo puedo llegar a ser como vosotros?", preguntó Curithir.
"Si quieres decir guerreros, siervos de un rey, todavía eres muy joven", dijo el guerrero. Curithir le explicó: "Soy joven, pero mi padre me ha preparado para la batalla." Los guerreros prorrumpieron en carcajadas. "Imaginaos... dos campesinos palurdos que no saben nada de las hazañas de la guerra", dijeron, dándole la espalda. "Pero... -dijo Curithir- ¿no podés decirnos dónde podemos aprender?" "En el sur", se limitó a decir el guerrero mientras se alejaba cabalgando con los demás, sin parar de reirse.

A la mañana siguiente Aelai y Curithir llenaron sus hatillos de salmón, bayas y agua. Curithir montó a Iala y Aelai subió a la grupa tras él. Curithir echó las riendas sobre los hombros de la yegua y se pusieron en marcha. En toda muerte hay también un nacimiento. Aunque la muerte de Duborchu había acabado con todo lo que podría haber sido Curithir, también le había insuflado una nueva vida. Su encarnación era completa: siempre que en su vida había incidido la duda, había adquirido certeza. Ahora estaba seguro de que, al margen de lo que pudiera acontecerle, se desenvolvería como guerrero al servicio de un rey y viviría o moriría por ello.

Tras muchos días de viaje, los hermanos sintieron cansancio. Al llegar la sexta tarde se detuvieron. Curithir construyó un refugio con ramas y cubrió a Aelai con una gruesa manta. Encendió una hoguera y estuvo junto a su hermano hasta que éste se durmió. Al anochecer sobre su campamento, Curithir oyó sonar a lo lejos un arpa y una voz angelical que cantaba:

Que el amor del cielo
sea contigo,
que el amor de los santos
sea contigo...

Que el amor de los ángeles
sea contigo...

Que el amor del sol
sea contigo,
que el amor de la luna
sea contigo...

Curithir avanzó en dirección a aquella voz hasta que divisó una iglesia de piedra que elevaba al cielo su forma puntiaguda. Cruzó el campo, llegó a la puerta y se asomó al interior. Sentada junta al arpa había una mujer ataviada con un vestido largo de seda verde. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas doradas y la luz de las velas producía destellos sobre las hebillas de oro de sus sandalias. Sus manos blancas manejaban las cuerdas del arpa con dulzura.

Que cada uno de tus días y cada una de tus noches
sea contigo el amor imperecedero de Cristo.

"Tengo ante los ojos un espectro o un ángel -pensó Curithir-, pues no hay ser terrenal capaz de producir este sonido".

Profundidad del mar, altura de las estrellas,
sea contigo el amor imperecedero de Cristo.

Al terminar la canción, Curithir estaba solo a la intemperie y emitió un suspiro quedo, no más fuerte que el sonido de un libro al pasar la página, pero la mujer alzó de repente la mirada a la fría oscuridad y unos puntos dorados reflejaron en sus ojos las llamas de las velas. ¿Podría ella verle? Curithir tuvo la sensación de haber sido tocado por una mano. Se quedó parado un instante ante su mirada y después echó a correr, abrumado, pues jamás había visto una mujer así.
Ya en su campamento, atizó la hoguera y se tumbó. Estuvo allí tendido sin poder dejar de pensar en la figura de la mujer tocando el arpa hasta que ya no supo con certeza si la había soñado o la había imaginado.

Al día siguiente, los hijos de Duborchu llegaron a Temair. Allí, sobre un llano elevado, más de cien guerreros de la Rama de Plata entrechocaban sus espadas en un combate ficticio. ¡Qué feroces eran! A algunos los habían alimentado desde niños con la punta de la espada. El rey Rinnich el de la Lengua Oscura observaba a sus guerreros.
Era Ri Tuatha, es decir, rey de un reino pequeño, y conducía con furia a sus guerreros porque estaba esforzándose por obtener el título de Alto Rey de Tara. Al acercársele Curithir, le dirigió una mirada imperiosa. "¿Qué hacéis aquí?" "Queremos ser guerreros -contestó Curithir-. Así lo hemos decidido".
Rinnich silbó y señaló con el dedo. "Allí tenéis la cocina de los sirvientes. Marchaos, no sea que salgáis heridos".
"Venimos preparados, no necesitamos que nos enseñen".
"Los niños son siempre muy confiados",
dijo Rinnich. El sol brilló sobre el torque de Curithir, haciendo que Rinnich se fijase en él.
"¿De dónde ha sacado semejante torque un joven descarriado?", le preguntó.
Curithir se llevó las manos al cuello. "Este torque -contestó- perteneció a Cu Chullain y yo soy descendiente suyo. Muchas generaciones de hombres lo han buscado".

Scathach, el sobrino del rey, gritó a Curithir, intentando arrebatarle el torque: "¡Menuda presunción! ¡Insultas al mejor nombre de Irlanda!" Sin embargo, al rey Rinnich le interesó su reivindicación de un linaje regio y dijo a Curithir: "¿Es cierto que llevas la sangre de Cu Chullain?"
"Así es",
contestó Curithir.
Se había congregado un pequeño grupo de guerreros y uno de ellos dijo: "¿Cómo, si no, iba a tener él un gran tesoro de Irlanda?" otro dijo: "Pero, ¿por qué un descendiente de Cu Chullain no ha llegado a ser rey?"
Curithir guardó silencio. "Si, en efecto -dijo el rey Rinnich-, eres quien dices, tendrás que demostrarlo sometiéndote a la prueba de la jabalina. Allí a lo lejos verás un peral -dijo trazando con su espada una raya en el suelo-. Veamos quién de nosotros es capaz de darle a una pera a cincuenta pasos de distancia".

Ferbaeth, un jefe de clan, se acercó a la raya con una jabalina, la lanzó y por dos palmos no consiguió darle a una pera de una ramá más baja. Otros lo intentaron y muchos estuvieron apunto de lograrlo, pero nadie alcanzó ninguna pera.
Finalmente, se le entregó la jabalina a Curithir, que la levantó sobre su hombro y ocupó su lugar en la raya. En ese momento divisó sobre un cerro lejano, vestida de color escarlata, a la mujer que había visto en la iglesia la noche anterior. Después de mucha concentración, corrió diez pasos hacia adelante, echó hacia atrás el brazo y con gran fuerza lanzó la jabalina hacia el cielo.
El vuelo de aquella jabalina fue toda una canción y todavía hoy se lo recuerda en Irlanda: no avanzó temblorosa ni agitada sino que se remontó con perfecta estabilidad trazando una raya oscura en el cielo. Se alzó muy por encima del peral y los presentes se echaron a reir, pero la jabalina siguió ascendiendo aún más moviéndose, al parecer, a su albedrío. A tres veces cincuenta pasos más allá del árbol una liebre emprendió una carrera por el campo y la jabalina cayó sobre ella, dejándola clavada al suelo. Todos sintieron asombro. Curithir se volvió hacia ellos y dijo: "La fruta no es suficiente reto para un guerrero de verdad".

Algunos de los presentes se preguntaron quién era aquel joven y otros pensaron que su orígen no podía ser natural. Otro, elevando su voz por encima de los demás, dijo: "¡Por fuerza ha de llevar la sangre de Cu Chullain!" El aire se llenó de júbilo y los guerreros levantaron el hombros a Curithir. La fiesta bajo las estrellas duró hasta muy avanzada la noche y todos dijeron a Curithir: "eres la esperanza de Irlanda".

A altas horas de esa noche Curithir puso una piedra en una hoguera y más tarde la envolvió en una manta y la introdujo en su cama. El frío de la noche lo mantuvo despierto, pero al final consiguió conservar el calor del cuerpo y sintió fatiga. Cuando se durmió tuvo un sueño. En él, entraba en una iglesia en la que de nuevo se encontraba a la mujer que había visto tocando el arpa. El lugar estaba a oscuras, pero de la propia figura emanaba un fulgor. Cerca de ella, formando un círculo, había arrodillados doce monjes que, ocultos sus rostros tras las capuchas, entonaban un cántico.

Nuestro Dios es el Dios de todos los hombres,
el Dios del cielo y de la tierra,
del mar y del río, del sol, la luna y las estrellas,
de las altas montañas y los profundos valles,
el Dios que está por encima del Cielo,
el Dios que está en el Cielo,
el Dios que está bajo el Cielo...

Curithir alzó la mirada y vio pasar por arriba un barco como si se encontrara bajo el mar. Uno de sus tripulantes contempló aquella enorme estancia. En ese momento apareció, como si descendiera por el agua, un ancla adornada de esmeraldas y rubíes, posándose con suavidad sobre el suelo. Sonó como un chapoteo arriba y descendió el marinero, moviéndose por el aire como si nadase. Recogió el ancla e hizo una seña a Curithir.

Tiene su morada alrededor del Cielo,
de la Tierra y del Mar y de cuanto en ellos hay.
Todo lo inspira, todo lo aviva,
todo lo domina, todo lo mantiene,
alumbra la luz del Sol y de las Estrellas
en ayuda de las luces más grandes.

Curithir miró a la mujer y ella sonrió, pero no en señal de bienvenida; su rostro se volvió hacia él, pero no lo vio y el marinero se marchó llevando consigo el ancla.

Al despertar, anheló de inmediato volver a encontrarse en la estancia de su sueño. Se desperezó y salió a caminar bajo las estrellas. Se alejó de su choza hasta que surgió en oriente una cenefa de luz y cantaron juntas las estrellas del alba. Se frotó las manos, pues el aire era frío; el otoño había jugado su baza cubriendo de tonos dorados los árboles. Curithir siguió caminando hacia el este.

Esa misma mañana Imchach el Eremita llegó presuroso al albergue de los guerreros en Temair e hizo sonar tres veces la campana de bronce para despertarlos. Imchach gritó: "¡Diez barcos noruegos en Benn Etair... en el horizonte!" El rey Rinnich ordenó al instante: "Aprestaos para la batalla y que todos los que puedan se dirijan a la costa".
El rey Rinnich fue debajo del gran salón a la armería de Temair, una estancia con el suelo de tierra en la que se guardaban barriles de vino galo y de una bebida negra como el carbón. Mucho se engañan quienes no consideran que la pericia viene de Dios y oscura es la mente de quien se cree capaz de controlarla. En la herrumbre apolillada de su mente, Rinnich creía que la gran pericia de Curithir provenía del torque de oro y que podría pasar a quien lo poseyera. Los guerreros, encabezados por el rey Rinnich, se marcharon en dirección a la costa. Antes de marcharse, Scathach dijo a muchos muchachos demasiado jóvenes para luchar que buscasen a Curithir y lo convenciesen para que los ayudara en la guerra.

Esa tarde Curithir llegó a la misma pequeña iglesia en que había visto a la arpista. Entró y la vio en su interior, de pie entre las sombras. Sobresaltado, le preguntó: "¿Eres un ángel de Dios?".
Ella avanzó hacia la luz que penetraba por una puerta y sonrió. "No soy ningún ángel. Soy Liadain, arpista de Cain Bile, procedente de la Cascada Roja de Es Ruaid. Te he visto en sueños".
"También yo a ti
-dijo Curithir-. En sueños he visto un hermoso país por el que a menudo he deambulado". Curithir la contempló y la encontró inmaculada.
Juntos estaban ya y juntos permanecieron. Abandonaron la iglesia y caminaron por los campos cruzando varios ríos. Conversaron sin halagos ni vanidad y sin sentir el menor cansancio. Jamás hubo dos personas que se sintiesen tan atraídas al conocerse.
A medianoche llegaron a un claro del bosque en el que cantaba un solitario ruiseñor. Separados tan sólo por el aire otoñal, él la besó y la callada luz de las estrellas se perfiló con nitidez sobre la cúpula negra cel cielo.

Por la mañana un muchacho vio a Curithir junto a la iglesia y corrió alborozado para hablarle de la batalla de Benn Etair. Curithir dijo entonces a Liadain: "Puesto que he jurado vengar la muerte de mi padre, debo ir. ¿Me esperarás?".
"Te esperaré, si Dios quiere",
contestó Liadain y Curithir echó a correr por el campo. Ignoraba cuándo podría volver a verla. Liadain le gritó: "¡Recuerda que debes seguir con vida!" A continuación se dirigió a su pabellón, adornado con flores y hojas, y salió a una huerta próxima para coger manzanas de finales de otoño.
Cuando Liadain alargó su fina mano para arrancar la primera manzana, oyó en sus adentros la voz de Dios:

El amor verdadero espera. Si el amor no sabe aguardar, es que nunca fue amor. Lo sabrás, pero tan sólo en el momento elegido por mí.

Curithit cabalgó sobre Iala como una exhalación hasta alcanzar a los guerreros de la Rama de Plata a una hora avanzada de la tarde, cuando llegaban ya a Benn Etair. El valle estaba cubierto de una espesa niebla y las cumbres de los cerros parecían islas de un lago. Acamparon en el interior del valle y, una vez que la noche hubo disipado la niebla, Curithir pudo ver una hoguera enemiga sobre cada colina. Los guerreros de la Rama de Plata estaban rodeados y les llenaba de pesimismo oir el ruido de espadas y el siseo de los vocablos noruegos que llegaban de las colinas.

Por la mañana llegaron del mar al valle unos densos nubarrones de tormenta. Rinnich hizo reunirse a todos, pero Curithir se acercó tranquilamente a Aelai y le entregó su capa y el torque de oro para que los guardase, tras lo cual se escabulló por su cuenta a fin de reconocer el terreno.
El rey Rinnich dijo: "Estamos rodeados y hemos de rendirnos si queremos mejorar nuestra situación." Tras un momento de duda, añadió: "Por supuesto, no puedo ser yo el que vaya, pues, si no, ¿quién quedaría al mando?"
"Iré yo",
dijo adelantándose un paso Ecet, a quien llamaban Ala de Cisne. Los guerreros enjaezaron su montura con bocado y brida de bronce. Ecet se adelantó a caballo y dio tres vueltas en torno al campamento noruego. Desmontó y se acercó a Mjollnir, el jefe de los vikingos, deponiendo la espada a sus pies. Mjollnir recogió la espada, alzó ambos brazos en ademán victorioso y, sin mediar advertencia, hizo caer la espada sobre el cuello de Ecet, decapitándolo. Antes de que su cabeza dejase de rodar, fue ensartada en la punta de una jabalina como señal de burla ante los enemigos.

Los guerreros de la Rama de Plata se sintieron ultrajados y presentaron batalla de inmediato. Aquella fue la batalla de Benn Etair, aunque se la conoce más como la matanza de Benn Etair, pues por cada guerrero que quedó con vida murieron diez.. Sobre los yelmos cónicos se mellaban las espadas y la tierra oscura quedaba aplastada con los huesos de los guerreros. Caía la lluvia sobre sus corazas y los fulgores azulados de los relámpagos llegaban hasta el suelo entre los combatientes. Los caballos relinchaban con ojos inquietos y temerosos y la sangre se derramaba caudalosa como la lluvia que caía a raudales del cielo.

Curithir era un mar que se debatía contra un río y contra la furia airada de cien hombres. Aunque los guerreros de Rinnich lucharon aquella mañana con gran valor, hubieron de afrontar la derrota. Después de la batalla, Curithir se dirigió solo a un recodo del río, donde encontró a Aelai con el rostro hacia arriba y los ojos tan hundidos que parecía que se los hubiera arrancado una grulla. Le habían cortado el cuello y el torque de oro había desaparecido. Curithir se arrodilló para sacar a Aelai del río de sangre. Al ver en su espalda la empuñadura rota de un puñal, se lo sacó y lo lavó en el río. Lo alzó en dirección al sol y el agua goteó desde la punta de la hoja. Curithir vio que tenía los grabados de su gente y en aquel momento supo con amargura lo que era la traición. Abrazó a Aelai y se echó a llorar. De la capa de Aelai cayó una gema de color púrpura, una amatista, rechinando contra una piedra del río. Curithir alargó la mano para recogerla y la examinó con admiración. Apretó la gema en su puño y un dolor le recorrió el costado al tiempo que un súbito calor atravesó su mente. Se levantó y vio que lo habían rajado en la batalla y que le corría sangre por la pierna abajo. Alzó la mirada al cielo un instante y cayó desplomado entre los muertos.

Cuatro días después, el rey Rinnich y unos cuantos guerreros supervivientes llegaron a Temair. Se congregó una multitud y enseguida se les preguntó: "¿Qué ha sido de la Sangre de Cu Chullain?"
"Ha caído en la batalla",
contestó Rinnich.
Liadain, que se encontraba entre la multitud, echó a correr a ciegas, tropezó y cayó al suelo helado. Se levantó y reemprendió la carrera. No sabía a dónde iba, tan sólo sentía la necesidad de correr. Finalmente, al llegar a las colinas boscosas del este, se apoyó contra un viejo roble. Un rayo de sol incidió en su rostro y en ese momento sintió un raudal de dolor: no pensaba sino en Curithir, a quien ya no volvería a ver.
Pasó muchos días junto a un arroyo que discurría por entre los árboles como un reguero de cristal. Una tarde empezó a nevar y cuando ya creía quen no podría soportar más tiempo su dolor, profirió un grito, cayó de bruces al suelo y cerró los ojos. La nieve que cubría su vestido se derritió en pequeñas gotas húmedas que lanzaban guiños de luz mientras ella se entregaba al suelo helado, perdiendo el conocimiento. Las gentes de Temair habían salido a buscarla por colinas y ríos, pero nadie encontró a Liadain. Nadie la oyó cantar de nuevo y muchos la dieron por muerta. Fue muy llorada, pues cuantos la conocían sentían gran aprecio por Liadain.

A altas horas de la noche Liadain despertó al oír chirriar los goznes de hierro de una puerta y vio que estaba acostada en una cama tibia. Un monje entró silenciosamente en la habitación.
"¿Dónde estoy?", preguntó ella.
"Estás en el monasterio de Clonfert. Dios te acompañe, quienquiera que seas".
Conversaron en voz baja y el monje fue respondiendo todas las preguntas que le hacía Liadain. Al final, consciente de que no estaba con Curithir, ela susurró: "Ya no me queda otra razón para vivir que Dios".
"Es el camino más arduo -le dijo el monje-, "piénsalo bien". Acercándose a ella, le habló en voz baja: "No sé cómo habrás llegado hasta aquí, pero ten presente que sólo deben buscar la vida contemplativa quienes hayan sentido en su interior la llamada des espíritu de Dios. Es una vocación destinada tan sólo a unos pocos que, por gracia y predisposición, puedan atenderla".
Le tomó la mano y la colocó bajo las mantas. Tras abandonar el monje la habitación, Liadain estuvo largo rato tendida sin conciliar el sueño. Sin más guía que la luz de su corazón, se dirigió a una pequeña iglesia situada al otro lado del patio helado. Allí se arrodilló para cantar una plegaria en su propia lengua:

Dia dha mo chaim
Dia dha mo chuairt
Dia dha mo chainnt
Dia dha mo smuain

Dia dha mo chadal
Dia dha mo dhùsg
Dia dha mo chaithris
Dia dha mo dhùil

Dia dha mo bheatha
Dia dha mo bhilibh
Dia dha m'anam
Dia dha mo chride

Dia Dha mo riaradh
Dia dha mo shuain
Dia dha mo m'anam sìorraidh
Dia dha m'bhiothbluan

Dios para envolverme
Dios para circundarme
Dios en mis palabras
Dios en mis pensamientos

Dios en mi sueño
Dios en mi vigilia
Dios en mi espera
Dios en mi esperanza

Dios en mi vida
Dios en mis labios
Dios en mi alma
Dios en mi corazón

Dios en mis posibilidades
Dios en mis sueños
Dios en mi alma siempre viva
Dios en mi eternidad

March 01

MARIA MAGDALENA

La Diosa Madre

Desde el más remoto amanecer, el hombre ha tenido la tendencia cultural y la necesidad espiritual de encontrar lugares concretos para dedicarlos al recogimiento, al culto y a la oración. Enclaves cuyas características los hacían propicios a la reflexión, a la búsqueda del conocimiento, a hallar respuesta a las preguntas que el ser humano se ha planteado a lo largo de su existencia. Son estos espacios, supuestamente cargados de magia, en donde se hace más cercano el contacto de lo terrestre con lo celeste, lo mortal con lo inmortal. Durante miles de años bosques, cavernas, fuentes o montañas han sido lugares donde los enigmas se transformaron en creencias que fueron tomando forma en la figura de divinidades.

La primera de estas divinidades, sin duda, fue la Madre Tierra. La tierra englobaba el universo humano; en ella se sucedían los fenómenos naturales en los que el hombre basaba sus creencias. Las tormentas, los terremotos, los vientos, las mareas... todo se debía a la Tierra, semilla de la existencia. Y el hombre adoró a la Gran Diosa en puntos donde podía comunicarse con ella, creando auténticos lugares sagrados en focos activos de energías telúricas, localizados a lo largo y ancho del globo.

 

Las posteriores religiones que fueron aflorando con el devenir de los siglos han mantenido con mayor o menor fortuna la primitiva sacralidad de aquellos enclaves especiales, y sobre las creencias abolidas eran edificadas las nuevas. El templo recién erguido ocupaba el lugar del anterior, pero siempre sobre el mismo espacio de culto, el punto ancestral donde el hombre experimentaba su unión con la divinidad reinante. Ese culto primitivo era esencialmente femenino. La Tierra, al igual que la hembra, era la creadora de vida, la dadora de alimentos que permitía la supervivencia humana. Las antiguas culturas así lo continuaron reflejando, y no fue hasta ulterior expansión del cristianismo cuando ese culto femenino fue definitivamente sustituido por el masculino. Ahora se trataba de adorar a Dios, encarnado en la figura de Jesús. El Mesías, el crucificado, una figura masculina el fin y al cabo, es el que preside los altares de las iglesias y las catedrales. Con el cristianismo, el culto masculino se convierte en el redentor del hombre.

 

Apesar de todo, ese culto pagano a la Diosa Madre nunca llegó a perderse. Pero la Iglesia, que sabía que la antigua religión estaba mucho más arraigada que la nueva doctrina que ella propagaba, trató por todos los medios de minimizar la influencia pagana de la deidad femenina. Por ello se dedicó a evitar que la figura de la Virgen María, la Madre, se igualase a la de Dios. A éste y al Salvador debía dedicarse el culto principal, relegando las figuras femeninas a un discreto segundo plano.

 

Sin embargo, se debe a los cistercienses de San Bernardo de Claraval, y también a sus allegados los Templarios, el resurgimiento de la antigua tradición. San Bernardo fue un gran impulsor del culto mariano; conocida es su gran devoción por la Virgen María. Por su parte, los freires del Temple fueron aún más audaces, y bajo su influencia eclosionó un encendido culto a la Nuestra Señora, o Notre Dame, que situaron bajo la imagen de vírgenes negras en muchas de sus posesiones y en la mayoría de las catedrales góticas francesas, edificadas precisamente en esos mágicos enclaves venerados desde la antigüedad.. La diferencia con los cistercienses, y he aquí lo curioso, es que podemos afirmar que el culto a la Nuestra Señora no iba dirigido a la Virgen María, sino a una figura que tenía una importancia mucho más secundaria: María Magdalena.

 

La adoración a la Magdalena

 

Las vírgenes negras son de color oscuro porque representan a la Madre Tierra y a la sabiduría ancestral, que fue pretendida por los Templarios. Otras diosas de las antiguas culturas como Isis, Cibeles y Deméter fueron con frecuencia representadas negras, mientras que la Gran Bretaña conoció una Black Annis. En Efeso, en el templo de Diana, una de las siete maravillas del mundo, se veneraba una estatua negra de la Gran Diosa.

Supuestamente encontradas en circunstancias sobrenaturales, las vírgenes negras al ser halladas solían exigir que se les construya un templo de culto en el emplazamiento exacto de su aparición. Casualmente, estos lugares son siempre coincidentes con los antiguos lugares de culto que los primitivas culturas dedicaban a sus cultos paganos a la Gran Diosa Madre. Y los Templarios trataban siempre de construir sus santuarios en estos emplazamientos ancestrales, lo que nos lleva a pensar que tenían un conocimiento de las virtudes que poseerían estos enclaves.

 

Existe una curiosa leyenda que no podemos dejar pasar por alto. Al sur de Egipto, en las cercanías de Asuán, se halla una isla situada en el centro del Nilo denominada Isla de Philae. En esta isla se erige un templo dedicado a la diosa Isis y era, en tiempos de las cruzadas, el único emplazamiento en donde se seguían realizando los antiguos cultos de los tiempos del Egipto faraónico. Cuenta la leyenda que Caballeros Templarios navegaron el Nilo en una de sus incursiones por el país y alcanzaron esta isla. Seducidos por la hermosura del lugar, por la paz y la espiritualidad que emanaba, y por la belleza del culto a la antigua diosa, se sintieron tan atraídos por él que lo adoptaron y lo adaptaron a sus propias creencias.

 

La Isis egipcia es el símbolo de la tierra negra y fértil de las orillas del Nilo, donde tras la bajada de las aguas los limos fecundos ennegrecen las tierras y las transforman en aptas para la siembra. Es por tanto la semilla de vida que, al igual que los egipcios, la antigua humanidad asociaba a la Gran Diosa. Es bastante probable que bajo la capa de misticismo de la leyenda que acabamos de relatar se esconda una realidad mucho más trascendente. La estancia en Tierra Santa fue lo suficientemente larga para que los monjes-guerreros del Temple pudieran conocer a fondo la civilización islámica, que era muy superior en refinamiento y en cultura a la de la tosca Europa feudal. La ósmosis entre miembros de ambas religiones fue constante e incluso algunos caballeros musulmanes pasaron a engrosar las filas de la Orden del Temple, así como los propios templarios profundizaban en el conocimiento del Islam. Es a la vez muy posible que los caballeros entrasen en contacto con sociedades herméticas, hebreas, gnósticas y sufís, absorbiendo lentamente parte de su bagaje cultural y místico. Conocido es asimismo el contacto que mantuvieron con la secta de los Asesinos. También encontramos en el Temple europeo indicios de que tenían un gran conocimiento de las mitología nórdica, celta e indoeuropea, con lo que cobra fuerza la hipótesis de que la Orden del Temple pudo haber soñado con retornar a religión única, armonizando creencias antiguas, orientales y occidentales, lo que la alejaba del catolicismo imperante en la Iglesia romana.

 

El problema que se encontraron los Templarios en Europa era que el retorno a la antiguo credo de la tierra, la adoración de una deidad pagana, podría traerles graves problemas en el seno de la férrea Iglesia Católica. Esto obligó a los miembros del Temple a ser muy ingeniosos. Bajo un culto predominantemente masculino, y sabedores de que el culto a la Diosa Madre significaría sin duda una herejía, lo lógico hubiese sido equiparar a esta con la Virgen María, la "Reina del Cielo", como la llamaba San Bernardo y como aparece en el Antiguo Testamento refiriéndose a Astarté, la equivalente fenicia de Isis. Pero en vez de eso, los Caballeros del Temple decidieron inventar la figura de "Nuestra Señora" y camuflar a la diosa madre bajo la imagen de una "virgen negra", asociando esta imagen a la María Magdalena del cristianismo, a la que curiosamente los evangelios del siglo I y los apócrifos reservan un papel mucho más importante que a la madre de Jesús. Esto representa un enigma. ¿Por qué se asocia la Diosa Madre a la Magdalena, si precisamente la maternidad es lo último que se relaciona con ella?

 

Esta apariencia se ha mantenido hasta nuestros días y su culto se haya aún vigente bajo distintos "Nuestra Señora" en muchos lugares de la geografía europea, como la Notre Dame de París. De hecho, podemos encontrar en los enclaves donde se encuentra una virgen negra continuas evocaciones a María de Magdala, lo que probaría que los templarios aspiraban a retornar a una antiquísima tradición que unificase a todos los hombres, como en los tiempos de la antigua humanidad. Regresando a la religión ancestral, el Temple aspiraba a la abolición total de las guerras, de las desigualdades y a la extirpación del odio predicado por las religiones. Pretenderían instaurar la sinarquía, el reino de la razón, de la caridad, del amor. En definitiva, el Reino de Dios de las profecías bíblicas.

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